El sueño europeo de los padres inmigrantes se convierte en pesadilla de los hijos

28 Ene

Una realidad que tantos niños y adolesentes padecen, cuando los padres deciden inmigrar pensando que lo hacen por el bien de sus hijos, cansados de la miseria y pobreza que los azota, emprenden un sueño que muchas veces se convierte en la pesadilla de los hijos.

Pocos son los hijos de migrantes que logran adaptarse al país en el que sus padres emprenden un nuevo rumbo laboral y se ven obligados a retornar a Bolivia.

La migración de uno o los dos padres de familia al exterior tiene consecuencias negativas para la salud emocional y física de sus hijos menores de edad, que ante la ausencia de una figura paterna o materna abandonan la escuela o, en el peor de los casos, se dedican a delinquir.

Enrique, un adolescente de 16 años, se integró a una pandilla para atracar junto con sus amigos, mientras que Sandra, de 15, dejó la escuela porque sus progenitores habían viajado al exterior, su padre a Estados Unidos y su madre a España.

Pese a que la intención de los progenitores es mejorar las condiciones económicas de su familia, el psicólogo Marco Antonio Tapia afirma que “de ninguna manera los obsequios” sustituyen a un padre. Es más, el exceso de los mismos propicia que los jóvenes “sientan que lo tienen todo”.

Aunque la solución a este dilema parece ser el traslado de los pequeños al país en el que radican sus progenitores, muchas veces esto resulta más perjudicial porque las intensas jornadas laborales que tienen los padres no les permiten estar junto a sus hijos y terminan perdiendo su custodia.

A raíz de la globalización económica, a partir del segundo milenio, el fenómeno de la migración azotó a Bolivia, dejando más que “jugosas” remesas mensuales y aportes de hasta un 10 por ciento al Producto Interno Bruto (PIB), hijos desvalidos.

UNA ILUSIÓN

Cada vez que la madre de Andrés y Adriana se refería a Italia, donde radica desde hace casi una década, abundaban los elogios: “allá son muy limpios”, “la gente es amable” y, lo más importante, “están muy desarrollados, no como en Bolivia”. Su concepto sobre este país, más la urgencia de reencontrarse con sus dos hijos, influyó para que decidiera llevarlos a su lado.

Andrés, de 16 años, recuerda que, al principio, tanto a él como su hermana Adriana, de 13, les emocionó la idea de irse, pero empezaron a dudar cuando les tocó despedirse de la única persona que les dio amor mientras su madre estaba ausente, su abuelita.

Una vez que abordaron el avión, una azafata que cobró a la madre de Andrés y Adriana más de mil dólares adicionales al precio de los boletos aéreos de sus hijos (cada uno valía aproximadamente 1.500 dólares), acompañó a los menores de edad durante su viaje. Cuando ambos llegaron a su destino, al aeropuerto internacional de Fiumicino (Roma), ambos derramaron lágrimas. “El reencuentro fue muy triste. Por fin había llegado el ‘y vivieron felices para siempre’ que tanto esperábamos”, comentó Andrés.

La madre trasladó a sus hijos en un auto propio a su departamento, también propio, que adquirió con el dinero que juntó durante años de sacrificadas jornadas laborales en Roma y con el monto de un préstamo bancario que, entre otras cosas, la conminaba a permanecer en ese país unos 15 años más. Pero, ¿qué más daba si sus hijos ya habían tomado la decisión de vivir en Italia? ¿Acaso no era correcto darles ciertas comodidades?

IGUAL O PEOR

Al principio, la madre, que lamentablemente no trabajaba en “horario de oficina”, se reunía con sus hijos solo en el almuerzo. Desayunar o cenar con ellos le era imposible porque salía muy temprano y llegaba al amanecer. Andrés cuenta que casi siempre se acostaban con la preocupación de que algo le había sucedido.

En medio de los períodos de merienda, Andrés y Adriana literalmente no hacían nada, ya que en su condición de indocumentados su asistencia al colegio estaba restringida y salir solos por la ciudad “daba miedo”.

Los únicos días, en los que la monotonía no los invadía eran, con suerte, los sábados y domingos, aunque habitualmente solo era uno de ellos. Entonces, los hermanos planeaban una serie de actividades para conocer Roma con su mamá.

No obstante, con el paso de los meses, “los paseos eran incómodos porque la gente choquita, de ojos claros y alta nos miraba raro”. Además, el cansancio de su madre era evidente, así que preferían dejarla dormir durante los únicos días en los que ella no limpiaba el pañal a la anciana para la que trabajaba.

La situación se agudizó más, según Andrés, cuando él y su hermana sintieron que su madre descargaba el estrés que le generaba el trabajo contra ellos. “Entonces le dijimos que queríamos volvernos”.

Su madre se echó a llorar ante la impotencia de no poder retenerlos y les prometió que volvería a Bolivia una vez que pague su deuda, para darles más tiempo que comodidades.

NUEVA MAMÁ

En contraposición a aquellos hijos de migrantes que pueden decidir si acompañan o no a sus padres al exterior, ya que su edad les permite tener capacidad de juicio ante lo bueno y lo malo, están aquellos menores que sí o sí se tienen que adaptar a tierras foráneas.

Esta situación la vivió Kathy, una joven que poco después de concebir a su hija Lupe recibió una llamada de su esposo Alfredo (quien apenas se había ido a Alicante, España, hace tres meses). “Me dijo que me tenía que ir urgente allá porque había un puesto para trabajar como empleada”, recuerda Kathy.

Lamentablemente sus deudas y el poco dinero que había reunido su esposo le impidió irse con su hija.

La bebé se quedó con la cuñada de Kathy durante más de un año, tiempo en el que la pequeña asumió que ella era su madre. Es más, la primera vez que Lupe pronunció la palabra “mamá”, lo hizo mirando a los ojos de la cuñada de Kathy. El vínculo entre ambas era igual o más fuerte que el que une a una madre y su hija.

Hasta que llegó el día en el que Kathy reunió el dinero para que su cuñada le envíe a su bebé hasta Alicante. Lupe se la pasó llorando durante todo el viaje, según contó la azafata a Kathy y la situación empeoró cuando se reencontró con su madre verdadera, a quien no reconoció.

El amartelo de la pequeña duró casi un mes, sin embargo, pese a sus penas, esta familia no consideró retornar a Bolivia porque aún no habían reunido la cantidad suficiente de dinero.

Artículo obtenido en Opinión

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