Inmersión cultural (parte I)

6 Oct

La inmersión cultural es un concepto muy usado en la adopción internacional, pero ¿Quiénes verdaderamente puede hacer una inmersión cultural? ¿Que tanto se conoce de las diferentes realidades e idiosincrasias dentro del mismo país?

Pedro y Alejandrina habían vivido fuera de su país toda su vida, y no sabían cómo era la vida en el Perú -¿cómo hubiera sido nuestras vidas, de no haber sido adoptados?- Esa fue una de las preguntas de Pedro a su madre adoptiva. Esta le dio varias opciones de vivencias culturales, y cuando pudieran regresar a su país por vacaciones, darían comienzo a una serie de aventuras llenas de aprendizaje y nuevas experiencias.

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Como se vive en los pueblos de los andes peruanos

Pedro se levantó temprano, sobre las 6 de la mañana. Mientras su hermana dormía aun acurrucada plácidamente en la cama; de manera calmosa comenzó a atarse los zapatos, ponerse el abrigo y el gorro de lana, el que jalaba hasta cubrir bien sus orejas. -Mama ya vuelvo- Le dijo a Elena. La tía Andrea, hacía rato que se había levantado para encender la tullpa (cocina de leña), puesto a hervir el agua en una tetera negra, y las papas medio agusanadas en una olla grande, mientras en otra más pequeña, puso a hervir la leche para el desayuno. Pedro se acercó a la tullpa intentado avivar el fuego, soplando la phukuna (soplador) lo más fuerte que podía, pero aun así, no hacía el efecto que el buscaba… se levantó medio mareado por el esfuerzo de estar en cuclillas y soplar un buen rato, se dirigió a la jaula de los cuyes (conejillos de indias) para ver si estaban bien atendidos. Estos apenas lo miraron, echaron a correr despavoridos.

-¡vaya a buscar más leña! Le dijo la tía Andrea, Pedro giro la cabeza en signo de negativa e hizo como si no hubiera escuchado nada.

Ya era la hora de tomar el desayuno, Aljandrina se había levantado y puesto su chaleco naranja, llevaba los pelos alborotados como los de un chihuanco (avecilla de los andes), ya sentados todos alrededor de la mesita estrecha, esta comenzó a tambalearse poniendo en peligro el único desayuno de la mañana. -Pop, pum, track.. Comenzó a reventar el maíz como una traca de cohetecillos en la Kallana (olla de barro)

-La cancha está lista!

Mientras la pequeña Alejandrina se negaba a tomar la leche, Pedro aprovecho para informarse de cómo ir para ordeñar las vacas. Alistando las apachas (mantas con asas) para la leña, el balde con las sogas y el suero para hacer el queso. Cruzando por el zaguán de la casa, tomó el atajo por el borde del rio, el que les llevaría más rápido al puente grande, y ahí esperarían a su tía, para subir juntos por el camino rocoso, sortearon las fuertes pendientes del camino haciendo descansos en los pocos terraplenes que encontraban, ya que 3600 metros de altura sobre el nivel del mar, era cosa seria. La tía les animaba, diciendo que podían cortar el camino, cruzando la escuela que aún estaba abierta, a pesar de que esta andaba de huelga,  el patio estaba ocupado por niños que no se resignaban a perderse el recreo. Alejandrina se abalanzó sobre un columpio que estaba vacío, y tuvo que soltarlo de inmediato, al ver que su tía y hermano no la esperaban. En poco rato habían llegado a las chacras de la abuela, pero faltaba un esfuercito más.. Aprender a saltar las pircas (muros de piedras arrimadas). Los niños se agarraban de las piedras grandes, que parecían estables y tanteaban las otras antes que estas despeñaran. Alejandrina la más avispada ya había aprendido eludir los peligros, observando lo que la tía hacía; mientras Pedro aun sentado en la pirca contemplaba el pueblo, un pequeño pueblo debajo de una gigantesca roca.

A lo lejos se oían unos tintineos de tijeras a ritmo de los tusoq, eran los estudiantes de la residencia de la escuela, los que perdían el rato haciendo sonar sus tijeras; incluso alguno se atrevía con los pasos de la danza costumbrista. Pedro seguía ensimismado mirando el horizonte, hasta que una voz chillona lo despertó de su fantasía,

-¡Ataja al ternero!, ¡Ataja al ternero!, Shosss… Shoss…

La tía Andrea bajaba corriendo por el camino detrás del becerro escapista, con una rama en la mano, mientras con la otra intentaba tirar piedrecillas para asustarle. Muuhh, Muuhhh bramaban las vacas llamando a sus crías, y ésta en especial apretó el paso. Pedro se lanzó desde la pirca de nuevo al camino, poniéndose al medio con los brazos abiertos, pero el becerro ni caso, paso incluso por su lado.

-¡Ya se nos volvió a escapar la cría, hoy tampoco tendremos leche! –Sentenció Pedro.

Colibríes y abejas, revoleteaban alrededor de las flores de kjantu zrrrrrr.. zrrrrr repasando los arbustos de arriba abajo. Una bandada de loros verdes, surcaban por la copas de los arboles más altos, alborotando al resto de aves que se habían aposentado. Mientras Alejandrina esperaba sentadita bajo un arbusto frondoso, churrupetando la dulce miel de las flores de kjantus, compitiendo con las abejas y colibríes. Racimos de flores yacían en el suelo, mientras sujetaba entre sus manitas un racimo más grande de su dulce botín. Pedro se sumó a tan deliciosa aventura y no dudo de llenar su apacha con todas las flores de kjantu que podía.

-¡Acuchi!, ¡Acuchi!- (vámonos, vámonos) dijo la tía Andrea a los niños, después que esta se asegurara que las crías estuvieran junto a sus madres.

Para llegar al pueblo de Anizo, Pedro y Alejandrina tuvieron que emprender un viaje de más de 20 horas junto a su madre, tomando un autobús de Lima hasta Chalhuanca, cruzando por Galeras Pampa, zona de vicuñas a más de 5000 metros de altura. Y de ahí cambiarían a una pequeña combi por la estrechez del camino, pasando por las punas de Pallancata (zona minera). El paisaje era áspero y seco, de frio intenso por las mañanas. Pero ese pequeño pueblo se encontraba escondido en una escarpada de una quebrada junto al rio, donde el verdor se hacía presente a pesar de la altura. Y se engalanaba en verano con preciosas flores de kjantu. La humildad de sus casas de barro y techos de calamina, mostraban la sencillez de sus pobladores, que vivían de lo que cultivaban y producían.

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