¡Por que Papá, por que!

19 Mar

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– ¡Manuel, Manuelcha, Manuelitooooo! ¡Porque te has muerto, Cojudooo!.

Una voz quejumbrosa resonaba entre la multitud, que gemía a ritmo de los jarawis tristes acompañados con arpa y violín, congelando hasta la última fibra del corazón, de quienes lo querían. Manuel, era padre de tres niños, hijo único de doña María, quien ya vestía de un luto rotundo, con la mirada perdida y los ojos secos de tanto llorar, revelaba en su rostro el dolor más profundo que una madre pudiera imaginar.

Las campanadas eran pausadas, ton… ton.. tan.. ton… ton.. tan. Mientras entraban el féretro al viejo cementerio del pueblo, cercado con pircas de adobe que dejaban entre ver los nichos maltrechos del campo santo. La multitud venía a paso lento, en procesión desde la casa de doña María, donde fuera velado durante dos días, muchos de los asistentes eran venidos de pueblos lejanos de la puna, otros de las ciudades costeras, todos lloraban su trágica muerte.

-¿cómo ha sido hermanito? Se preguntaban uno a otro, – un toro lo ha envestido, cuando ha intentado salvar a su mujer, delante de sus hijitos.

El olor a chinchorro era embriagador, inclusive repelente, pero era la costumbre, costumbre de los pueblos alto andinos del Perú profundo. Despedirse de sus muertos como debes ser, bebiendo y chacchando coca, para atenuar el dolor. Empezaban a escarbar la tierra, la que sería su última morada, y su familia no soporta verlo, les dolía que se fuera tan de repente, de la nada, para siempre,… su mujer se desmayó dos veces y sus hijos se les miraban agotados.

-Ericcha, Mariacha, Danitza!! Gritaba la viuda, – Apúrense, rápido, despídanse de su padre!!.

Los niños se arremolinaron rápidamente sobre el ataúd de Manuel, abrazándolo, llorando, rogándole que no se fuera. De pronto unas voces agudas se levantaron en un solo tono, un canto quechua donde las mujeres se despedían de un ser querido, preguntándose qué sería de sus vidas.  Los varones respondían en eco, con otros versos donde decían que era así la vida, la muerte. Y las suertes echadas estaban.  Las voces se iban quebrando por los efectos del alcohol. Ericcha desde una esquina entonaba; Coca quintucha; mientras el sonido del violín, le crujía en la sangre, el arpa le resonaba en los latidos del corazón. Y el aire frio, le resoplaba en un eco sordo y profundo.

 – me duele tanto tu partida, ya no puedo gritar que revivas, mis lágrimas acarician mi rostro, sin que pueda secármelas, no comprendo lo que está pasando. Abrazo a mis hermanas, y me siento abandonado por el cielo, abandonado en esta tierra, sin más consuelo que el abrazo de los que me dicen que me quieren. Me siento morir de pena… Por qué Papaaaa.. Por queeeee. No nos has dejado.

Autora: EIP

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